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En los restos fragmentados de un paisaje nacional que varía a cada momento, una familia se somete a feroces interrogatorios con el fin de descubrir al traidor disfrazado, al enemigo infiltrado. A más de un metro no se ve nada. El padre, la madre y el hijo son versiones incompletas y afásicas de un proyecto colectivo que se ha frustrado. Desde el picnic de Ezeiza las identidades familiares se han trastocado y ya no es posible afirmar una causa común ni una dirección. La locura colectiva familiar se naturaliza al tiempo que se cuestiona a dos de sus miembros bajo un manto celeste y blanco, presentando la idea de un símbolo patrio manoseado, abusado que aún nos encubre y asfixia. La lucha continúa por otros medios en un plano de realidad inenarrable.
La obra reflexiona continuamente sobre la persecución social arraigada profundamente en el interior de las familias. Poniendo en duda todo, creando enemigos y peligros que mantengan a las personas encerradas, miedosas y presas del delirio y hostigamiento. En torno a esto, no se habla de desposesión material, sino de algo mucho más personal y humano: la identidad.
Un teatro comprometido e inteligente, que centra el drama en una familia que busca respuestas mientras se sumerge en el engaño, invitando al espectador a encontrar su propio significado. Una atmósfera de confusión que refleja la complejidad de la realidad cultural en la que vivimos actualmente.